jueves, 11 de junio de 2015

LA VICUÑA, LA TOMA DE MEDIDAS Y LA PRIMERA PRUEBA




En este capítulo vamos a ver con más detenimiento el proceso de confección de un abrigo cruzado a medida, con grandes guiños a los gabanes del siglo pasado, pero con un corte más actual y acorde, sobre todo, a las placenteras temperaturas de nuestros últimos inviernos.

Tras conversar en diferentes ocasiones tanto con María Alonso y José Alonso como con Daniel Schleissner sobre el corte del abrigo, todos teníamos claro que sería cruzado. Todos ellos insistieron en que no solo por delante tenía que ser especial sino también lo debería ser por detrás. Para ello diseñaron un corte trasero abierto con pliegues y con un tablón en forma de cinturón que recuerda claramente a gabanes de tiempos pasados “mejores”. Y decimos “mejores” porque hoy, son pocas las personas que se fijan, y demandan, este tipo de detalles lo que hace que carezca de sentido invertir un 30% más de tiempo en un trabajo que o bien no se entiende o bien no se aprecia. Sin embargo, intentando cumplir con el lema de esta página “Classic in a Style way” quisimos no privarnos del placer de contar con un abrigo atemporal pero con un corte corto y ceñido y, en definitiva, acorde con mi edad y con mi forma de vida.


La elección de la tela junto al diseño de la prenda fue sin duda alguna la parte más placentera de todo el proceso de confección del abrigo. Todo amante de las telas disfruta tocando y apreciando las diferentes composiciones que hoy hacen los mejores telares. Conforme se sienten unos y otros te llegas a dar cuenta de la diferencia que puede haber entre un algodón 100%, un algodón con cachemira,  una cachemira con seda o, por ejemplo, una seda con lino. Y conforme vas profundizando en el conocimiento de los diferentes tejidos llegas a entender el porqué el precio del metro de determinadas cachemiras puede hacer que una chaqueta llegue a costar hasta tres veces lo que costaría de haberse hecho en lana.

Como queríamos que este fuera un abrigo especial solo nos centramos en tejidos de melton, de pelo de camello, de cachemira y de vicuña. Si bien hay que reconocer que la vicuña 100% no tiene parangón ni en sus cualidades ni es su suavidad y su tacto debe ser lo más cercano a lo que sería tocar el cielo, su precio (entre 6.000€ y 8.000€/metro precio venta público) lo hacía prácticamente prohibitivo. Sin embargo, Daniel siempre ha sido un enamorado de este tejido y desde prácticamente que empezó en el oficio de sastre fue, en la medida de sus posibilidades, comprando metros de vicuña tanto a telares que iban desapareciendo como a sastres que se iban jubilando y que todavía conservaban algunos metros de esta codiciada lana. Y una de esas adquisiciones fueron casi tres metros de un tejido inglés formado 50%-50% por vicuña y cachemira. Este tejido fue en su día comercializado por la ya desaparecida casa de tejidos catalana Gimtex y Daniel no dudó en hacerse con él.


El año pasado aprovechando la confección de una chaqueta en cachemira 100% y un abrigo con mezcla lana-cachemira hablamos ya de las características de la cachemira. Por ello, esta vez no lo volveremos a hacer y nos centraremos sólo en la vicuña. La exclusividad de la vicuña viene en parte por la escasa oferta de esta lana y por sus excelentes particularidades una vez convertida esa lana en tejido. Cuenta con una trama abierta, muy poco apretada que consigue ese aspecto esponjoso tan característico suyo. Su finísimo hilo de 12 o 13 micrométros – o dicho de otra manera la milésima parte de un milímetro – lo hace todavía más fino que el de la cachemira la cual cuenta con 14 o 15 micrómetros. Por ello, al mezclar la cachemira con la vicuña se consigue un tejido además de súper suave también muy ligero; nada que ver con las pesadas y compactas lanas con las que se suelen fabricar este tipo de abrigos. Además, al mezclar dos pelos tan finos se consigue una prenda muy abrigada y de una increíble ligereza.

La toma de medidas se realizó de manera bastante rápida ya que prácticamente estaban todas en la cabeza de José Alonso. No obstante, Daniel y José quisieron cerciorarse de ello y me midieron prestando gran atención tanto a las medidas del pecho – y de esta manera luego evitar que las solapas se pudieran llegar a abrir – como a la altura de ambos hombros para asegurare de que el abrigo caería con el mismo largo tanto en un lado como en otro. Igualmente, la curvatura de la espalda y su transición al trasero se estudió en detalle para evitar que el abrigo se pudiera abrir por su corte trasero central.


Terminada la toma de medidas repasan todos, María, José y Daniel, el corte del abrigo y nos despedimos de ellos hasta dentro de tres semanas, momento en que debería estar el abrigo ya hilvanado. No obstante, durante este tiempo Daniel quiso llamarnos para hacernos una prueba en falfa (se prueba el abrigo sin éntrelas y sin las pinzas cosidas de manera similar a lo que hacen los modistos). Concluida dicha prueba intermedia, la sastrería Daniel Schleissner elaboró un patrón por cada una de las piezas que forman el abrigo – espalda, delantero, mangas y puños - en fiselina. La fiselina al contrario del clásico papel envejece mucho mejor no doblándose las puntas con el tiempo y conservando su aspecto original durante muchos más años.

Tras realizar el patrón, lo pasaron a la tela con un tiza Handcok (también muy escasa hoy y que ya no se fabrica) y procedieron al corte de dichas piezas. A la hora de cortar las telas de pelo hay que asegurarse de que este esté todo en el mismo sentido. Para ello, el pelo se humedece con un trapo y se plancha para arriba y para abajo, se deja secar y posteriormente se peina con un cepillo. El humedecerlo es una parte fundamenta del tratamiento de este tejido ya que si no el pelo tras pasar por la plancha se podría quedar aplastado y salirle brillos. En este punto aprovecha Daniel para recordarnos de la importancia evitar planchar tanto este como cualquier otro tejido natural ya que la plancha hace que con el tiempo estos tejidos terminen perdiendo su aspecto y aire originario.


Aunque en esta ocasión fueron María y Daniel los que cortaron el abrigo, José Alonso, como maestro de ellos dos, estuvo todo el tiempo presente asegurándose por un lado que los 2,7 metros dieran para todo el abrigo y que no se errara en el corte de los patrones ya que de hacerlo toda la tela utilizada se hubiera desperdiciado con un importante coste. La fibra tanto de la cachemira como de la vicuña son, al contrario de por ejemplo la de los tejidos tweed, muy largas y sin apenas empalmes lo que obliga a, una vez cortadas las diferentes piezas, humedecer las entretelas y resecarlas por separado. Esto busca que cuando se planchen no se produzcan aguas.

Hay también que tener en cuenta que este tejido encoje hasta tres centímetros al plancharlo y cuando vuelve a su situación de reposo vuelve a estirarse. Por ello es fundamental no coser el abrigo justo después de plancharlo y hacerlo solo cuando las entretelas y la tela están perfectamente acopladas y sincronizadas. Comprobado esto por José, María Alonso se pone manos a la obra hilvanando el abrigo y empezando a definir la forma y aberturas de la espalda.

Dentro del probador Daniel insiste en, al contrario de lo que se solía hacer antes con este tipo de abrigo, él prefiere ceñirlo de forma que te permita moverte con libertad pero sintiendo que el abrigo está ahí, igual lo haría una chaqueta de traje. El hecho de los abrigos clásicos se suelan casi siempre vestir con traje obliga a descargarlo mucho de hombrera para que los hombros sigan teniendo una caída natural. De no hacerlo, la hombrera de la chaqueta sumada a la hombrera del abrigo daría como resultado unos hombros prácticamente rectos. Para ello, se utiliza una hombrera específica de abrigo a la que de cara a la siguiente prueba le quitarán parte de su estructura con el objetivo precisamente de hacerla lo más liviana posible. Esa pequeña hombrera es la que hace que, al contrario de lo que ocurre ciertas estructuras napolitanas que no cuentan con hombrera, no se formen flojos en el hombro. Si bien una chaqueta desestructurada napolitana persigue unlook desenfadado, este tipo de abrigo, por el propio tejido y por su propia hechura, corte y características, busca un aspecto más serio y una vida más larga por lo que el uso de la hombrera, aún cuando sea pequeña, se antoja obligatorio.


Las entretelas que elegimos son exactamente las mismas que se utilizan en una americana para encontrar la comodidad y frescura que requieren nuestros livianos inviernos. El plastón en el pecho lo pican a mano con nos picados muy suaves y abiertos para conseguir que el pecho no quede muy acartonado. Si los picados fueran fuertes y muy juntos el pecho quedaría más armado. Junto a este plastón se cose una entretela de crin de caballo y otra fina entretela de estambre puro para que el tacto de la crin de caballo no llegue nunca a molestar.

Aprovechamos esta prueba para definir las medidas de las solapas haciéndolas un poquito más anchas que las que salieron del hilvanado. Añadimos una pitillera y definimos el largo definitivo, la sisa, el cruce y la situación exacta donde irán los botones. En ese momento entra José al probador y repasa con Daniel toda la prueba haciendo ciertas modificaciones a los ajustes realizados antes de su llegada. Rebaja algo los hombros, suelta un poco el costado para evitar que se abra por la espalda y marca más el cruce frontal. Terminado esto, les comento mi gusto porque el abrigo me cubra todas las prendas que quedan por debajo de él; incluido los puños y el cuello de la camisa. José, sin embargo, siguiendo los consejos de sus admirados Cordova, Mogrovejo y Collado prefiere dejar visto el cuello de la camisa y hasta optar por un cuello escotado, ya que aunque a priori pueda no ser lo más purista e ir en contra del significado de la palabra “overcoat”, piensa que es mucho más estiloso. Además de esta forma se evita tener que hacer un cuello de grandes dimensiones.


José Alonso también es partidario de hacer, al contrario de lo que se estila hoy, unas solapas anchas para en momentos de mucho frío poderlas estirar, subirnos el cuello y proteger todo el torso y el cuello del frío (motivo por el que tanto las chaquetas como los abrigos cuentan con solapas). Igualmente, todos somos de la idea de coser los botones de las mangas cerrados ya que el hacerlos practicables carece de sentido en una prenda en la que nunca sus mangas se remangarán. Solo el querer demostrar que tu abrigo está hecho a medida – y su alto precio- justificaría el hacerlos practicables. En este punto yo siempre he insistido en que carece de sentido, y hasta de clase, el desabotonarse los botones de cualquier prenda a medida. Si lo que quieres es demostrar que tu traje es de sastre es mejor buscarte uno bueno y que sea su trabajo y no este pequeño detalle el que demuestre, sin atisbo de duda, que esa chaqueta, esa levita o ese abrigo están hechos a mano y a medida. 


Como apunta José “humildemente pienso que muy poco diría de nuestro trabajo el que un cliente tuviera que usar este detalle para demostrar que su abrigo está hecho a mano”. “Esta joya de tejido es imposible de encontrar en un traje de confección y si además de eso añadimos su hechura y los detalles con los que cuenta refuerza mi idea del sinsentido de hacerle botones practicables”. “Es importante no obsesionarse con los detalles sin importancia. Es mejor, y mucho más difícil, conseguir que la prenda tenga estilo y que transmita emociones a que cuente con unos cuantos botones practicables”. Insiste en la necesidad de priorizar el estilo sobre la perfección aún cuando ello suponga el cometer lo que a priori podría ser un fallo. “Por ejemplo, si el cuello está algo descotado no significa que sea un fallo. Lo importante es conseguir la belleza dentro de la imperfección; esa era la belleza de la que siempre hablaba Collado y de las fuentes en las que yo bebí”.


Mientras charlamos José y Daniel nos muestran abrigos que conservan de la sastrería de Collado y nos comentan que esos abrigos estaban hechos con tejidos de 700 gramos mientras el nuestro por su particular hilatura era de solo 400 lo que le confiere una ligereza difícil de encontrar en este tipo de abrigos clásicos. Seguimos charlando con los dos y aquello de lo que hablábamos en el primer capítulo de la especial atención al detalle nos lo empiezan a mostrar sobre el propio interior del abrigo. Aunque una vez terminado el abrigo nadie verá las éntrelas que lleva por dentro, Daniel no permite que ninguna prenda salga de la sastrería sin que estas, por ejemplo, hayan sido rematadas con una tijera con dientes impidiendo que en el hipotético caso de que un día se desmontara alguien pudiera ver las éntrelas sin sus bordes rematados y deshiladas. Los propios plastones internos están terminados en formas geométricas perfectas algo que solo da más horas de trabajo y que nadie podrá observar pero que es algo obligatorio en cualquier prenda rematada por María.


El forro interior es de estambre de Benber, muy difícil también de encontrar hoy, cuyo principal compuesto se extrae del eucalipto y que permite que la prenda conserve el calor pero permitiendo que transpire. Este forro ya lo cosió María para la prueba para que de esta forma pudieran su padre y Daniel conseguir la hechura más próxima a la que tendría el abrigo una vez concluido. Sin embargo, si bien María prefiere dejar para adelante los ojales, en esta prueba ya ha empezado a trabajar el tablón cosiéndolo de manera cargada, sin forro y en solo una pieza y no dos como es la costumbre. Igualmente, al igual que hacía Antonio Collado el pico donde muere la abertura trasera hacen que mire para arriba y no para abajo y todas las costuras las harán cargadas, algo que exigirá unas diez horas extras de trabajo. Otro guiño al trabajo de aquel gran maestro será añadir al abrigo un único bolsillo interior; un detalle que se hacía por aquel entonces para alejarse de lo que se estilaba en la confección industrial. En total 73horas de trabajo para convertir un tres metros de tela en una pieza de abrigo intemporal.  


La conversación termina nuevamente derivando en la forma de trabajar de Collado, de su difícil forma de ser y de ese espíritu rompedor que caracterizó toda su carrera como sastre. De hecho, el maestro de los maestros, Cristobal Balenciaga, quien también fue sastre, lo visitaba con gran frecuencia en busca de ese concepto rompedor de Collado con la seriedad de la época; seriedad que se trasladaba a la ropa y a la manera de vestir de aquella generación.

Próximo capítulo: Estudio detallado de la prenda y última prueba.


El Aristócrata

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